domingo, 31 de mayo de 2015

Cap. 1: El primer escozor.

(Advertencia: esto no es una historia de amor)


Su pelo, largo y castaño, huele a manzanilla. Sus ojos tienen algo extraño, como si le faltara algo... pero ese algo es compensado por la sinceridad e intensidad de su mirada.
Sus labios siempre están resecos, y cuando los abre, salen de entre ellos unas palabras dulces y a la vez mordaces, un aliento fresco con olor a otoño y a lluvias.
Es delgada, demasiado delgada, e inspira compasión y lástima la primera vez que la ves. Pero cuando la conoces, descubres a una muchachilla fuerte que ha tenido que soportar más cosas de lo soportable a su edad. Pero ella no se lamenta. Me confesó que lo hacía hace tiempo, que lloraba por cada cosa y se lamentaba con quien se le cruzara. Pero dejó de hacerlo.
Es una persona muy cerrada, a nadie le cuenta absolutamente nada. Yo creí que no me tenía confianza, pero pronto me dí cuenta de que no era eso. Ella omite las palabras porque si habla se le escapan las emociones por la boca y por lo ojos, y se siente vulnerable.
Por eso prefiere escribir, sin la amenaza del llanto o la ira o la risa o los nervios frente a otra persona. Porque cuando escribe, llora y ríe y se enoja y se pone nerviosa, pero solo ella lo ve.

Hace unos días decidió romper ese mutismo entregándome un paquete. Sonrió levemente cuando me lo pasó. Noté que sus labios estaban trémulos, así que no la obligué a decir nada. Solo recibí el paquete y por alguna razón decidí no abrirlo frente a ella. Una buena decisión.

La conocí hace aproximadamente un año, en el parque. Era día sábado, no tenía nada que hacer, y no quería quedarme en la casa, solo y aburrido. Ahora pienso que fue por cosas del destino, algo providencial. Salí en la hora, minuto y segundo exactos, porque ella pasó en el momento preciso en que me di la vuelta.
Nada es casualidad en esta vida.
Salí silbando y con las manos en los bolsillos. Mi idea era pasar a la biblioteca, luego pasar por algo para comer, y finalmente sentarme a leer en el banco más tranquilo del parque. Pensaba ser un día tranquilo, pero no resultó ser como esperaba. Y mejor así.
En la biblioteca, recorrí con mis dedos los lomos de una hilera de novelas de ficción, pero no me llamaban la atención. De un momento al otro, sentí que la literatura contemporánea era basura, palabras vanas que cuentas historias vanas. Decidí cambiar (por primea vez en la vida) de sección de la biblioteca.
Ahora creo que ese fue un día de profundos cambios en mi mente y en mi vida en general. Y aunque realmente, sigo leyendo novelas actuales, algo dentro de mí busca el significado, la base moral, las lecciones de vida o por lo menos la frase poética que me deje pensando.
Me llevé La granja de los animales, de George Orwell. Quería leer algo con sustento, algo que pudiera masticar y devorar, algo con un trasfondo. Y qué mejor que un libro cuya piedra angular es un hecho histórico.

Pasé luego a un supermercado y compré unos paquetes de galletas y una caja de jugo de damasco. 

Camino al parque comencé a sentirlo. Esa quemazón en la espalda. 

"Alguien me está mirando" pensé. Y me di vuelta lo más rápido que pude.
Pero estaba solo. Ni siquiera había perros. Nada. Solo yo y un gorrión en el pasto.

Desde ese día me sigue ocurriendo. Siento ese escozor en la espalda y sé que ella se acerca. Y no es que ella tenga una mirada de fuego, precisamente. Sí es intensa, pero no de fuego.

Y las primeras veces se me hacía tan extraño, que llegué a preguntarme si aquella muchacha de pelo largo era una bruja. Luego mis ideas mutaron para situarla en el lugar de un ángel. Ahora sin embargo, sé muy bien que no es ni demonio ni ángel. 
Y tampoco es una chica cualquiera.

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