viernes, 8 de mayo de 2015

¿Desear morir?

Los días oscuros terminan para darle lugar a la luz.
Las cosas malas se concentran en el fondo del vaso, y todo lo bueno se dispersa en el resto del espacio.
Lo triste es como el petróleo, porque una sola gota puede contaminar litros y litros de felicidad.
La felicidad es un estado, no un momento de alegría. Por eso digo que soy feliz hundida en el lodo, sonrío a pesar de las lágrimas que me mojan las mejillas, río cuando estoy a punto de desmoronarme.

Hace mucho tiempo, una amiga me confesó sus deseos de morir. Si por suicidio o intervención divina, no lo sé, solo sé que quería dejar este mundo.
Suena derrotista, y sobre todo, débil. Pero no la culpo, porque siendo sinceros yo igual he deseado morir. Un millar de veces. No me siento capaz para seguir viviendo y soportar las injusticias, penas y amarguras de la vida, y entonces pienso, ¿cómo sería si me muriera? O más drástico, ¿si jamás hubiera existido? Intento asimilar la idea, incorporarla a un concepto menos abstracto, pero es imposible.
Quizás no sufriría más. No, no quizás. No sufriría más, y punto. Pero, ¿vale la pena derrotarse y
echarse a llorar al suelo? Claro que no. Por muy desdichada o desdichado que te sientas, las cosas no pueden amargarte de tal forma que pierdas la batalla contra la vida.
Uno es el peor enemigo de sí mismo, uno decide con qué enfoque mirar las cosas y cómo enfrentar la soledad involuntaria.

No hay blanco sin negro, porque si no existiera el negro, no sabríamos apreciar la pureza del blanco.

¿Qué sería de nuestras vidas si todo fuera color de rosa? ¿Si todo nos lo sirvieran en bandeja de plata?
Es un círculo vicioso. Porque estaríamos tan acostumbrados al bienestar, que no sabríamos apreciar dicho estado de bienestar, y nos sentiríamos desdichados porque este bienestar se convierte en un tedio, y el tedio en infelicidad. Odio intentar explicar estas paradojas, pero es más simple de lo que se ve al leer esto. Como no conocemos la tristeza, no apreciamos la felicidad, y es así como, por esas vueltas de la vida, la felicidad se transforma en infelicidad.

Por eso es mejor pasar por las pruebas, y no evadirlas o intentar evadirlas deseando la muerte. Porque mientras más tristezas hayamos superado, con mayor fuerza viviremos los momentos de dicha y gozo.

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