miércoles, 27 de mayo de 2015

Silencio

Silencio. Solo silencio y el ruido delicioso de las agujas del reloj moviéndose. Afuera el viento susurra los secretos que empuja por el mundo, que restriega por los árboles y las paredes y que deposita al pie de las montañas. Ya ni siquiera los perros aúllan. Solo silencio, reloj y viento. Y el crepitar del fuego en la estufa despintada.
Sin embargo, no hay nada más ruidoso que el silencio mismo.
Estoy sentada. Sentada e inmóvil sobra un sofá mullido de color marrón. Y el silencio se comporta como las olas del mar, va y viene, va y viene... me envuelve para alejarse repentinamente.
El silencio me abruma
El silencio no existe. Puedo oír los latidos de mi corazón y escuchar inconfundibles mis pensamientos. Los pensamientos que precisamente evado, el silencio me los restriega en los oídos igual que el viento con los secretos mundiales que ofrenda a las rocas.
Y el terror comienza cuando el reloj se detiene, el fuego se apaga y el viento se desvanece en las montañas. Porque el silencio se vuelve silencio con mayúsculas, SILENCIO, y siento que mis pensamientos puede oírlos todo el mundo, y mi corazón suena como una bomba a punto de estallar.
Pero solo soy yo.
O eso pensaba, hasta que un murmullo tenue se estrella en mis oídos.
El silencio es ensordecedor. Puedo escuchar los pensamientos ajenos.
El silencio ha dejado de serlo para convertirse en un ruido (no tan molesto), en un atropello.
Quizá por esto la gente moderna prefiere tener la tele encendida, salir todo el día, atascarse en el tráfico y conversar a cada momento. Intentan escapar del silencio definitivo.
Y sí, el silencio puede ser desesperante, pero a veces necesitamos recordar nuestros propios pensamientos, que el animador del show con su voz estentórea, no nos deja oír.

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