domingo, 3 de mayo de 2015

Tiza

En mi casa, antiguamente había un largo portón de tablas que separaba el jardín del patio. Pero lo sacaron hace ya mucho tiempo, y de este portón solo quedó un pequeño muro, vestigio de su antiguo esplendor.
Está medio oculto por los árboles y las matas.

Por otra parte, el techo de hojalata negra de mi casa baja hasta el pasto en la parte trasera.

-o-

Cuando era chica, me regalaron dos cajitas de tiza de colores. No quería usarlas por miedo a que se gastasen, o que me dé alergia,  y lo único que hacía era abrirlas y contemplar los hermosos cilindros.
Pero, obviamente, no me aguanté.
Comencé a dibujar en la extensión trasera del techo de hojalata. Soles, paisajes, mi nombre, letras, números, personas, frutas y qué sé yo.
Luego seguí con el vestigio del portón de tablas de madera.
Eran dibujos infantiles, no muy artísticos, pero que encerraban los significados que yo le daba a las cosas de la vida a esa corta edad.

Las tizas se gastaron, pero allí quedaron los dibujos... por un tiempo.

La época de lluvias destruyó mi arte surrealista involuntario. Ni techos ni árboles lo protegieron.
Aún recuerdo el momento en que, cuando por fin salió el sol, salí a ver mis dibujos... y no estaban. Solo quedaban, en la hojalata, raspaduras que de seguro no le gustarían a mi papá.
Ya no tenía tizas, ni dibujos. Solo feas raspaduras sin sentido.
Ahora, muchos años después, aquellas grietas se han llenado de musgo.
Esto me hace reflexionar que la vida es un simple trazo de tiza en una pared expuesta a la lluvia.

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