viernes, 12 de junio de 2015

Cap. 2: El primer diálogo

Me di vuelta una vez más, con los ojos bien abiertos. Y apareció. Vi su pelo largo, y su ropa casual y gris, y supe en ese instante que iría a hablarle. No era amor a primera vista ni nada por el estilo. Fue la certeza de haber encontrado a alguien que ya había estado buscando.
Cuando se sentó en el banco y hundió su rostro, el escozor se extendió por todo mi cuerpo en una milésima de segundo. Y tan rápido como creció, desapareció.
Me dirigí a mi banco. Dejé la bolsa del supermercado a un lado y abrí el libro por la primera página. Pero luego de haber leído la primera oración, no pude concentrarme más. Mis ojos se desviaban hacia la muchacha del banco contiguo.
Y entonces ocurrió lo que esperaba: el estímulo.., el indicio de la futura conexión.
Levanté por enésima vez mis ojos hacia ella, y ella por su parte hizo lo mismo. Cuando me miró sentí que se me paralizaban los músculos. Vi el cosmos, las galaxias y las estrellas. Escuché a Chopin tocar el piano, la risa de Mozart y los gritos de Beethoven. Sentí que era ingrávido, y a la vez, que todo el peso del universo se posaba en mis hombros.
Todo eso sentí, y todo, en un segundo.
Pero ella no sintió lo mismo. Apenas su mirada chocó con la mía volvió a bajar su rostro.
Yo me demoré un tanto en volver a la vida.
La miré de nuevo y no resistí. Me paré, tomé mis cosas y caminé hacia ella.
Ella me sintió venir, pero no se movió. Su mirada seguía fija en el suelo adoquinado, y el pelo caía por los lados, casi tocando el piso.
Antes de hablarle definitivamente, la observé.
Flaca, muy flaca.
Pelo largo.
Polera gris, demasiado holgada.
Pantalones negros, ajustados.
Zapatillas negras, gastadas.
Tenía estilo, pero también parecía que no le importaba la moda. Su polera se parecía a mi pijama.

- Hola.

Sonó como un susurro desesperado. El viento se encargó de depositar mis palabras en sus oídos, y en tanto que ella reaccionaba, me senté a su lado.
1, 2, 3, 4...
Conté hasta 11 segundos, y recién ella alzó su rostro.
Tenía los labios muy secos, casi daban ganas de mojarlos por mí mismo.
Y ahí fue cuando me prendí de su mirada. Su mirada incompleta.

- ¿Me hablas a mí?

Una voz dulce, que me transportó al invierno, a las lluvias.... al otoño.

- Sí.
Parpadeó lentamente.
- Hola.

Volvió a bajar su rostro, pero ahora que la había visto bien y había establecido contacto, no dejaría que se escapara.

- Me llamo Diego.

Volvió a mirarme, y juraría haber visto un esbozo de sonrisa.

- Lindo nombre, no muy especial, y bastante común, pero lindo nombre a fin de cuentas. Viene del griego y significa "que es muy instruido". Y supongo que viene al cuento, porque veo que estás leyendo La granja de los animales. Y pocos leen eso por placer, así que debes ser lector por cuenta propia. Es un buen libro.

Comprendí que era una chica muy especial, y no pude evitar preguntarle:

- ¿Has visto The Bing Bang Theory?

Rió, y me pareció que casi nunca reía. Por poco podía ver polvo saliendo de sus labios.

- No eres el primero que me relaciona con Sheldon Cooper. Y lo siento, no puedo evitarlo.
- No lo sientas. Eres tú. Y me gustan las personalidades diferentes. Y además tu eres más linda.
- No digas estupideces.

En ese momento me di cuenta de dos cosas muy importantes:

1) Me sentía inusualmente valiente.
2) A juzgar por su actitud, no le gustaban los cumplidos.

- Y bien, no me has dicho tu nombre.

Se quedó en silencio, y para mi asombro, se pasó lentamente la lengua por los labios.

- Mírame. Tú sabes cómo me llamo. Está escrito en mí.

Le obedecí y la examiné. Ella bajaba la mirada, sin esfuerzo de sostenerla en mí. Se notaba a leguas que no le gustaba que la miraran.

- ¿Por eso te dejas caer el pelo sobre el rostro?
Le pregunté despistado. Suelo confundir los pensamientos con las palabras, y a veces cometo el error de pensar que la gente sigue el curso de mi mente.
Apenas formulé la pregunta me sentí un idiota. Pero para mi asombro (esta chica es una caja de sorpresas) ella me había entendido perfectamente.

- Sí, algo así... ¿Y bien?

La volví a mirar. Me detuve en cada lunar, en cada cabello, en cada grieta de sus labios.
Y de pronto lo supe.

- Tu nombre es Venus.

Y lo era.