lunes, 9 de noviembre de 2015

Imitando a mamá

Había llegado la hora de subir.
La pequeña niña se tambaleaba mientras ascendía por los escalones. Un crujido, silencio, otro crujido, silencio...
Su padre trabajaba, aunque llegaría temprano. Su mamá había salido a hacer las compras.
Le gustaba jugar a ser mamá. Llegada la hora de subir, solo debía poner cuidado en no caerse, y luego, en no dejar rastro de sus juegos.
Subía al cuarto de los invitados, aquel en el que había un gigantesco espejo colgando de la pared, y se disfrazaba de su madre.
Se miró en el espejo, satisfecha. Una blusa blanca, joyas plateadas, pantalones de tela negros y zapatos de taco bajo. Un lindo peinado. Una mirada en paz.
La niña casi no hacía nada. Solo subía.

Aquella noche, después de que su padre había llegado, escuchó gritos. Lo que empezó como una pelea, se convirtió luego en un monólogo masculino. Y luego, sobrevino el silencio.

Frente al espejo, ya no lucía tan bien como ayer.
No estaba peinada y se le había fugado la paz de su mirada. Pero seguía entera frente al espejo.
Se sacó el disfraz, inquieta.

Al tercer día ya no usaba joyas, ni tacones, ni una blusa blanca. Una blusa blanca dejaba entrever demasiado.

El cuarto día tuvo miedo de subir.

Al quinto día, se aplicó polvo violáceo en las mejillas, simulando moretones, y bajo los párpados, simulando profundas ojeras.

Al sexto día, con lápiz labial rojo, simuló sangre saliendo de su nariz.
Ya no le gustaba jugar.

El último día de la semana, ya no tuvo fuerzas para subir.