jueves, 18 de febrero de 2016

El árbol que en invierno permanece siempre verde

Ella subía a los árboles y se balanceaba en las ramas. Casi no le importaba que su vestido se desgarrara, que su pelo se llenara de hojas y de insectos y que su piel se raspara. Ella quería estar cerca del cielo.
Muchas veces la encontraron dormida, sentada sobre una rama baja y recostada contra el tronco. Le decían que era peligroso, porque podía caer. Pero, ¿cómo podía caer, si ella ya era parte del árbol?
Su pelo y las hojas no podían diferenciarse. Su mirada era verdosa como el follaje.

La querían, por eso la dejaban ser.
Y ella abrazaba el tronco, se encariñaba con sus ramas y sus hojas; descalza llegaba hasta la copa. Y respiraba. Libre.
Miraba el cielo, extendía sus dedos intentando agarrar pedazos de nubes y rayos de sol. Nunca lo lograba. Pero por eso, siempre volvía al árbol.
Todos lo notaban. Ella salía de la casa por la mañana como una niña, y volvía al atardecer convertida en una mujer. Y la noche la restauraba a su edad real.

Un día, sin embargo, no volvió. Los suyos se preocuparon, pero sabían algo con certeza: ella no había escapado. ¿De qué huiría? No.
Y ella no podía alejarse de su árbol.

Por eso no me extrañé cuando me contaron que jamás volvió. Que fueron a buscarla al árbol donde debía y tenía que estar. Que no la vieron, pero que la sintieron en la brisa fría de aquella hora. Me cuentan que el árbol estaba distinto. Más verde, más frondoso, más vivo.

No es extraño que nadie la llorara, porque para sentirla bastaba con sentarse recostados contra el árbol. Ellos sabían que ella era el árbol.

Nunca la conocí, a aquella que debió ser mi hermana mayor. Cuando me contaron la historia del árbol que en invierno permanece siempre verde, no dudé ni un instante de que era cierto que ella había existido. Un alma que jamás se dejó aprisionar por las fotografías ni por los retratos, pero que prontamente se dejó atrapar por un árbol.

Yo no existía aún. Yo no sé con certeza si es cierto. Puede que, efectivamente, se haya transformado en árbol. Puede que haya logrado agarrar una nube y se haya esfumado, o tocado un rayo de sol y se haya desintegrado. Puede que se haya marchado al bosque. Puede que se la hayan llevado.
Pero no veo dolor en los ojos de mis padres.
Y me gusta columpiarme en las ramas bajas del árbol. No por mucho tiempo, no quiero convertirme en árbol como mi hermana. Pero sí el tiempo suficiente para sentir una ligera brisa que me envuelve como en un abrazo.

Ella está ahí... en algún lugar, ella está.


martes, 9 de febrero de 2016

Nocturno

Está oscuro y cae una ligera niebla sobre el jardín. El pasto está salpicado de pequeños farolitos, de esos que funcionan con energía solar y lo único que alumbran son los insectos que se acercan a su luz. Parece un valle salpicado de luciérnagas heridas. Yo estoy erguida en medio del camino de tierra que divide el jardín en dos mitades. Veo la luna menguante alumbrando el cielo, las estrellas saludándome. Me pregunto si podré oír risas de las estrellas. Si podré alegrarme con solo mirar el cielo, como el aviador. Lo dudo.
Aunque dentro hay música y risotadas, aunque hay luz derramándose sobre cada mota de polvo, aunque allá dentro están todos, yo permanezco fuera, sumida en la oscuridad y la quietud y la paz y la melancolía. Dejándome llevar por Chopin en mi mente.

Él se acerca lentamente, con una copa semi vacía en la mano. Se coloca a mi lado y me estremezco. Dice algo pero no le oigo. Está a mi lado, pero está lejos de mí. Mis ojos lo miran, contemplo sus facciones como talladas en mármol, alumbradas bajo la luz plateada de la luna y las estrellas, e inconscientemente cierro mis ojos como extasiada.
Entonces abandona la copa junto a un farolito,  me toma en posición de baile, comenzamos a girar lentamente sobre el pasto, esquivando las luciérnagas, y comprendo que él también oye a Chopin.

Mientras giramos, y aunque él me observa, cierro mis ojos porque quiero dejarme llevar y porque sé que él me sostendrá.

Él me toma con cuidado porque sabe que estoy rota.

El piano suena en nuestras cabezas. Ante mí se extiende una escalera de caracol que me llevará a los cielos.
Subimos tomados de las manos, a veces lento, de vez en cuando corriendo. A veces nos resbalamos.
Me detengo, porque oigo risas y sé que hemos llegado a las estrellas.

En uno de los últimos escalones miro hacia atrás, hacia lo que hemos dejado. Y veo que las puertas de la casa se han abierto, y que algunos invitados se están yendo. Comprendo que el fin se acerca.
Una ráfaga de viento me envuelve de plumas, hojas de cerezos y polvo de estrellas. Suelto su mano y bajo los peldaños corriendo.
Él me sigue y a medida que bajamos, los escalones se convierten en un vapor perlado que se disipa en la niebla.
La pieza de piano se ha convertido en simples notas superpuestas. Más ritmo tienen los latidos de mi corazón.

Me voy.

Me he ido antes porque sé que no soportaría verlo marcharse.

Pero ahora, cada noche veo el cielo y miro las estrellas. Y no oigo risas, pero siento algo cálido que me envuelve, como un abrazo. Miro las estrellas, y sé que él las está mirando. Donde quiera que esté, yo lo estoy mirando.

Y siempre tendremos a Chopin para juntarnos.



viernes, 5 de febrero de 2016

Diálogo

- Oye, te ves angustiada.
- ¿Por qué lo dices?
- Bah, no sé. Será quizá por tu mirada inquieta, por tus ojeras, por las arrugas que se forman en torno a tus ojos y en la comisura de tus labios.
- Estoy cansada.
- ¿Deportes? ¿Trabajo? ¿Estudio?
- Estoy cansada de vivir. La muerte me parece una hermosa opción. Pero soy muy valiente (o muy cobarde) como para matarme.
- ¿Por qué dices estar cansada?
- Siento que llevo luchando y luchando demasiado tiempo. Y que ya no vencí. Siento que he fracasado, que ya no hay opciones para mí. No hay vuelta atrás, estoy hundida.
- Quizá no has luchado de la manera correcta.
- No hay maneras correctas cuando de luchar se trata.
- En eso estás equivocada. El fin jamás podría justificar los medios.
- Estoy agotada. Estoy hastiada de llorar y de sentirme vacía. Estoy chata de sentirme incomprendida y sola e inútil.
- Pero, ¿cuál es tu lucha?
- Es difícil de explicar... es confuso... yo...
- ¿Cómo puedes luchar por algo que no tienes claro?
- ¡Sí lo tengo claro! Solo no sé cómo expresarlo. 
- Te ahogas en un vaso de agua...
- ¿Ves? Ni tú me entiendes...
- Claro, ¿cómo esperas que el resto te entienda si no te entiendes ni tú misma?

Paré. Realmente era duro hablar frente a un espejo.