martes, 9 de febrero de 2016

Nocturno

Está oscuro y cae una ligera niebla sobre el jardín. El pasto está salpicado de pequeños farolitos, de esos que funcionan con energía solar y lo único que alumbran son los insectos que se acercan a su luz. Parece un valle salpicado de luciérnagas heridas. Yo estoy erguida en medio del camino de tierra que divide el jardín en dos mitades. Veo la luna menguante alumbrando el cielo, las estrellas saludándome. Me pregunto si podré oír risas de las estrellas. Si podré alegrarme con solo mirar el cielo, como el aviador. Lo dudo.
Aunque dentro hay música y risotadas, aunque hay luz derramándose sobre cada mota de polvo, aunque allá dentro están todos, yo permanezco fuera, sumida en la oscuridad y la quietud y la paz y la melancolía. Dejándome llevar por Chopin en mi mente.

Él se acerca lentamente, con una copa semi vacía en la mano. Se coloca a mi lado y me estremezco. Dice algo pero no le oigo. Está a mi lado, pero está lejos de mí. Mis ojos lo miran, contemplo sus facciones como talladas en mármol, alumbradas bajo la luz plateada de la luna y las estrellas, e inconscientemente cierro mis ojos como extasiada.
Entonces abandona la copa junto a un farolito,  me toma en posición de baile, comenzamos a girar lentamente sobre el pasto, esquivando las luciérnagas, y comprendo que él también oye a Chopin.

Mientras giramos, y aunque él me observa, cierro mis ojos porque quiero dejarme llevar y porque sé que él me sostendrá.

Él me toma con cuidado porque sabe que estoy rota.

El piano suena en nuestras cabezas. Ante mí se extiende una escalera de caracol que me llevará a los cielos.
Subimos tomados de las manos, a veces lento, de vez en cuando corriendo. A veces nos resbalamos.
Me detengo, porque oigo risas y sé que hemos llegado a las estrellas.

En uno de los últimos escalones miro hacia atrás, hacia lo que hemos dejado. Y veo que las puertas de la casa se han abierto, y que algunos invitados se están yendo. Comprendo que el fin se acerca.
Una ráfaga de viento me envuelve de plumas, hojas de cerezos y polvo de estrellas. Suelto su mano y bajo los peldaños corriendo.
Él me sigue y a medida que bajamos, los escalones se convierten en un vapor perlado que se disipa en la niebla.
La pieza de piano se ha convertido en simples notas superpuestas. Más ritmo tienen los latidos de mi corazón.

Me voy.

Me he ido antes porque sé que no soportaría verlo marcharse.

Pero ahora, cada noche veo el cielo y miro las estrellas. Y no oigo risas, pero siento algo cálido que me envuelve, como un abrazo. Miro las estrellas, y sé que él las está mirando. Donde quiera que esté, yo lo estoy mirando.

Y siempre tendremos a Chopin para juntarnos.



2 comentarios:

  1. Sé que no tiene nada que ver, pero estaba releyendo unas entradas antiguas tuyas y me di cuenta de que usaste la palabra pololo ¿eres chilena?

    Pd: me encanta Chopin <3

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    1. ¡Sí, soy chilena! Jajaj creí que ya era sabido :(
      PD: somos dos.

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